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Carta del padre Taillandier, Misionero de la Compañía de Jesús, al padre Willard, de la misma Compañía. Pondichery, 20 de febrero de 1711

, Taillandier

Esta carta del jesuita francés Taillandier describe su azaroso viaje por mar en 1707-1708 desde San Malo, Bretaña, Francia, hasta Filipinas y de ahí a Ponticherry o Puducherry, en la India francesa. El periplo incluye Tenerife, Santo Domingo, Cuba y su recorrido por México, y de ahí las islas Marianas, Manila y Siam. “La vuelta desde Manila a Acapulco es tan enfadosa y peligrosa, como la de Acapulco hasta Manila es fácil y agradable.”

Entre diversas aventuras y observaciones náuticas, el relato es apreciado por sus observaciones sobre la Nueva España de entonces. Escribe Taillandier que Carlos V preguntó a un español recién venido de México, “¿cuánto distaban entre sí en México el invierno y el verano? Y le respondió: El tiempo, señor, que basta para pasar del sol a la sombra” (p. 259). Recorriendo la sonda de Campeche rumbo a Veracruz, el francés comenta acerca de los “nortes”, que merecían el nombre de “chocolateros” (pp. 251-252): “no son por lo común, muy violentos, y los llaman los españoles Norte Chocolatero, porque no les impiden batir su chocolate”. Y la ciudad de México le merece este agudo comentario (p. 259):

Si se hace reflexión sobre la cantidad de plata que entra cada día en la Ciudad, traída de las minas, si se considera la magnificencia de las iglesias y otros edificios, el número grande de coches que ruedan sin cesar por las calles, y las inmensas riquezas de muchos españoles, se formará la idea de una de las primeras y más opulentas Ciudades del Mundo. Pero por otro lado, cuando se mira a los Indios, que hacen la mayor parte del Pueblo, tan mal vestidos, sin camisa y descalzos, nadie se persuadirá que es tan rica la Ciudad.


Señala que el cruce del río Balsas no había cambiado desde tiempos de la conquista (p. 260). Se realizaba por medio de “un cuadrado de débiles cañas como de diez pies, bajo del cual se atan algunas calabazas” : “De esta especie de balsas ha tomado su nombre el río: mas mereciera el nombre de mosquitos, por la infinidad de estos insectos, que como una nube cubren a los pasajeros”.


En Cartas edificantes, y curiosas, escritas de las missiones estrangeras, por algunos missioneros de la Companía de Jesús: pp. 246-285. Traducidas del idioma francés por el padre Diego Davin. Madrid, En la Oficina de la Viuda de Manuel Fernández, Imprenta del Supremo Consejo de la Inquisición, y de la Reverenda Cámara Apostólica, 1753- . vol. 7.

Biblioteca Francisco Xavier Clavigero, Universidad Iberoamericana.