ManuscritoPatrimonio Cultural del Tecnológico de Monterrey
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Testamento de don Rodrigo de Vivero, gobernador y capitán general de la ciudad de Manila y sus Yslas, s. f.

, Don Rodrigo de Vivero y Aberruza

Don Rodrigo de Vivero y Aberruza (1564-1636), primer conde del Valle de Orizaba y encomendero de Tecamachalco (en el hoy estado de Puebla) protagonizó por su cuenta y sin cargo oficial un episodio extraordinario en la historia de las relaciones internacionales: negoció en 1609-1610 con el shogún o emperador de Japón, Tokugawa Hidetada, una posición muy fuerte para España y la Nueva España en ese imperio notoriamente cerrado a la influencia occidental y particularmente la española. El rey de España, Felipe III, no ratificó el acuerdo y el Japón volvió a aislarse respecto a Occidente por más de dos siglos, hasta que el comodoro Perry y la armada estadounidense estacionada frente a Yokohama obligaron al shogunato a abrirse en 1854.

Cuando en 1608 su tío el virrey novohispano Luis de Velasco el Viejo lo mandó a Filipinas como gobernador interino, Rodrigo de Vivero tenía 44 años.  Su padre, don Rodrigo de Vivero y Velasco, noble español, había emigrado a la Nueva España en 1550, como familia cercana del virrey. Su esposa, doña Melchora de Aberruza, trajo al matrimonio la riquísima encomienda de Tecamachalco, que heredó de su primer marido, Alonso Valiente, un conquistador cercano a Hernán Cortés. Don Rodrigo hijo creció dentro de una de las familias más ricas y nobles del virreinato, pero finalmente fue un criollo, orgulloso de pertenecer al grupo de los conquistadores y encomenderos. A los doce años de edad su padre lo envió como paje de la corte de la reina Ana, cuarta esposa de Felipe II. Adolescente, participó en la campaña militar de Portugal, bajo el mando del duque de Alba, antes de regresar a Tecamachalco a los veinte años. Tuvo varios cargos en el gobierno novohispano, pero como criollo se sintió relegado respecto a los peninsulares.

El testamento que presentamos no fue el definitivo, pues Don Rodrigo de Vivero y Aberruza vivió hasta los 72 años y está enterrado bajo el altar mayor del templo del convento franciscano de Tecamachalco. En su última hoja otra letra escribió: “Está revocado este testamento”. Don Rodrigo lo elaboró en previsión de su posible muerte en el viaje marítimo a Filipinas, muy probablemente en 1608. Aunque los testamentos solían ser escritos por los notarios, un estilo más libre y enfático en su redacción parece deberse a don Rodrigo, que se preciaba de ejercer lo mismo “la espada y la pluma”:

estando como estoy al presente sano del cuerpo y en entera salud y en muy entero juicio e memoria y libre y espontánea, y de partida para ir a las dichas islas a servir a Su Majestad en el dicho cargo y que tengo de morir y no sé cuando ni cómo ni dónde … (foja 5)

Don Rodrigo en ese momento tenía ya el mayorazgo de la familia, que incluía un ingenio azucarero en Orizaba. Mencionaba tener 30,000 ovejas. Dejaba “hasta seis mil pesos” para la fábrica de un hospital “y en comprar camas y ropas para los enfermos”, y quinientos pesos de oro común a una capellanía que dejaba fundada en el hospital. Por si había quedado debiendo dinero a los indios de repartimiento que venían a trabajar al ingenio, decía don Rodrigo,

(…) mando que se repartan 300 pesos de oro común en esta manera, cien pesos a los indios del pueblo de Mastrata y cien pesos a los indios del pueblo de Congasica y cincuenta en Orizaba y otros cincuenta pesos en Tequila y estos se den a los padres beneficiados de los dichos pueblos para que los repartan entre viudas y pobres … (f. 9)

Ordenaba liberar a tres esclavos suyos: Joan Francisco, “Joan mulato y María que llaman la mona”, si es que se embarcaban con él “a las dichas islas de poniente”. Mandaba tambien que cuando su paje Domingo de Zárate cumpliera 25 años, se le dieran 200 pesos y un caballo.  Para entonces su padre había fallecido. Sus albaceas testamentarios serían su madre doña Melchora y don Luis de Velasco el virrey.

Desde el desembarco en las islas Filipinas de la expedición de Magallanes en 1521 y su conquista para España por Miguel López de Legazpi en 1564, se sabía bien que, así como era sencillo el viaje de la Nueva España al lejano oriente, era en extremo difícil y peligroso el regreso. El cargo de don Rodrigo como gobernador interino de Filipinas duró poco; al llegar su sucesor salió de Manila rumbo a Acapulco, el 25 de julio de 1609. Llevaban demasiada carga y ya era época de ciclones. Las tempestades destruyeron totalmente el barco. 373 se embarcaron, 317 se salvaron, agrarrados de tablas y otros restos del galeón.

Doce años antes, en 1597, otro naufragio terminó en la ejecución de 26 católicos en Nagasaki, Japón. El shogún que ordenó estas muertes, Toyotomi Hideyoshi, murió y en 1600 ascendió al poder Tokugawa Ieyasu, que en los primeros años fue más tolerante hacia occidente. La suerte de los náufragos de 1609 fue muy diferente. Los pescadores japoneses de Onjuku los auxiliaron; el señor feudal de la zona acogió en su castillo a don Rodrigo, quien tuvo tan buenos modos que de ahí fue recibido, primero por el shogún en turno, Tokugawa Hidetada, y luego por su padre, Tokugawa Ieyasu. El shogún aceptó que visitara largamente a los franciscanos residentes en Tokio, Kioto y Osaka, y acordó con él unas Capitulaciones que liberarían el comercio y las comunicaciones entre Japón, la Nueva España y España. No aceptó, como pedía Vivero, expulsar a los comerciantes holandeses. El shogún pedía cincuenta mineros novohispanos para extraer la plata que se creía que Japón tenía en abundancia. A cambio, Vivero abusivamente pedía darle la mitad de la plata así obtenida a esos mineros, a lo que el shogún previsiblemente se negó. Vivero tambien pidió y obtuvo el permiso de construir buques en el Japón, a precios locales.

El shogún estaba interesado en que el rey de España ratificara estos acuerdos, por lo que nombró a su vez un embajador, el fraile franciscano Alonso de Muñoz, y para el viaje a la Nueva España de Vivero, Muñoz, un grupo de comerciantes japoneses y los sobrevivientes del naufragio prestó a don Rodrigo cuatro mil ducados y la embarcación. Era la primera vez que en Japón se construía un barco para cruzar el océano Pacífico. Fue construido por un ex marino inglés que había trabajado para la marina holandesa y era entonces consejero del shogún, William Adams. Vivero lo llamó el San Buenaventura.  Salió del Japón en agosto 1610 y llegó a Matanchel, hoy San Blas, en octubre del mismo año.

La oposición a las Capitulaciones fue inmediata y múltiple: abrir la ruta comercial Japón – Nueva España significaría atentar contra la Nao de China y los poderosos  intereses a ella ligados. La nueva capacidad naval japonesa asustaba en particular a los filipinos, que temían ser invadidos por el Japón. Los comerciantes holandeses, ingleses y portugueses establecidos en el Japón, y los jesuitas, ligados a estos últimos, veían con malos ojos un aumento de la presencia española y franciscana en el imperio. España se oponía a que la Nueva España estableciera por su cuenta una ruta comercial novedosa.  

La gestión fue pronto echada a perder por malas embajadas. La idea de Vivero era aumentar la influencia de la iglesia católica y de España en lejano oriente y echar de la zona a los infieles holandeses. El shogún deseaba vínculos comerciales, pero no la expansión de las órdenes católicas.  Fue endureciendo su posición hasta ordenar la suspensión de todos los tratos de Japón con los españoles.  En 1615 decretó la expulsión de Japón de los misioneros de todas las órdenes religiosas católicas.  En 1635 una Cédula Real dio por terminado el trato entre la corona de España y el Japón.

Vivero escribió en 1609 la historia de su aventura y de las Capitulaciones que acordó con el shogún: Relación y noticias de el reino del Japón, con otros avisos y proyectos para el buen gobierno de la monarquía española, dedicada al Rey. Una versión incompleta fue editada por José Joaquín Pesado en La ilustración mexicana, de Ignacio Cumplido, en diciembre 1855.

Don Rodrigo no tuvo éxito en su gestión diplomática espontánea, pero ello no le acarreó consecuencias negativas en su vida. Además de ser un riquísimo conde y encomendero, fue nombrado gobernador y presidente de la audiencia de Panamá, donde permaneció de 1620 a 1628, cuando pidió la gracia de regresar a Tecamachalco.

La gestión diplomática sin cartera de Rodrigo de Vivero ante el Japón tuvo un paralelo con la gestión de un japonés, Hasekura Tsunenaga, enviado ante el virrey de Nueva España, el rey y el papa, pero no por el shogún sino por el señor de Sendai, el daimio Date Masamuna. Llegó a Acapulco en 1614, permaneció cuatro meses en la Nueva España y casi dos años en Europa. Su misión: el envío de más franciscanos al Japón, contradecía la tendencia del shogún y aun se cree que la endureció aun más en contra de las órdenes católicas en su imperio. En Madrid Hasekura se hizo bautizar en presencia del rey. Finalmente fracasó y solo pudo regresar al Japón en 1620, donde murió un año después. Tras las gestiones paralelas de Vivero y Hasekura las relaciones entre la Nueva España, España y el Japón se suspendieron por más de dos siglos.    

Chimalpahin, el gran cronista nahua de Chalco Amaquemecan, registró con gran precisión esta historia en su diario, en los años 1610 y 1611.  Lo que más llamó su atención fue el grupo de japoneses (llamados en náhuatl Jabón tlaca) que llegaron en el navío japonés y que fueron recibidos con honores en la ciudad de México. Esta es parte de su descripción, traducida del náhuatl:

No se mostraban tímidos, no eran personas apacibles o humildes, sino que tenían aspecto de águilas [fieras]. Traían la frente reluciente, porque se la rasuraban hasta la mitad de la cabeza; su cabellera comenzaba en las sienes e iba rodeando hasta la nuca … y los cabellos no muy largos de la nuca se los recogían en una pequeña trenza … No traían barbas, y sus rostros eran como de mujer, porque estaban lisos y descoloridos; así eran en su cuerpo todos los japoneses, y tampoco eran muy altos, como todos pudieron apreciarlo. (pp. 219-221)

Chimalpahin tambien anota que en enero 1611 tres de los japoneses: el superior que dirigía el grupo y otros dos- se bautizaron en la ciudad de México.

Esta nota está basada principalmente en el excelente artículo de Miguel Ruíz-Cabañas.


Bibliografía

Domingo Chimalpáhin, Diario. México, Conaculta, Cien de México, paleografía y traducción de Rafael Tena, 2001.

Miguel León-Portilla, “La embajada de los japoneses en México, 1614. El testimonio en náhuatl del cronista Chimalpahin”, en Estudios de Asia y Africa, XVI 2, 1981.

Rodrigo Martínez Baracs, El diario de Chimalpáhin”, en Estudios de Cultura Náhuatl, vol. 38, 2007. 

Ángel Núñez Ortega, Noticia histórica de las relaciones políticas y comerciales entre México y el japón, durante el siglo XVII. México, SRE, 1923.

Miguel Ruíz-Cabañas Izquierdo, “El novohispano que negoció con el shogún”, en Letras Libres n. 148, mayo 2011.

Francisco Santiago Cruz, Relaciones diplomáticas entre la Nueva España y el Japón. México, ed. Jus, 1964.

Rodrigo de Vivero, “Relación del Japón”, en La ilustración mexicana, tomo V, México, 1855.