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Justino N. Palomares, La invasión yanqui en 1914

Prólogo de Juan Sánchez Azcona. México, 1940.

Esta historia de la invasión estadounidense de Veracruz el 21 de abril de 1914, escrita por un veracruzano que vivió esos sucesos, los recrea con abundancia de información específica y de detalle. Contiene varios telegramas, documentos, citas de libros, poemas, artículos periodísticos, testimonios y fotografías, tanto en el cuerpo del texto como en varios y valiosos anexos.

Entre los testimonios de participantes leemos por ejemplo: “También hay que hacer especial mención del señor Teófilo Ortega, quien con su carreta, y ya en pleno tiroteo llevó el parque a la Escuela, más o menos veinte cajas, que sin eso nada se hubiese hecho.” ¿Dónde más encontraremos a don Teófilo? Lo mismo se puede decir de aquel rayado de la Prisión Militar -los presos comunes peligrosos que fueron extrañamente liberados por orden del general Arturo Mass antes de retirarse y abandonar la plaza a merced de los invasores- “de barba cerrada y cachucha”: confrontados en el fragor de los enfrentamientos un grupo de rayados conducidos por él, y la columna comandada por el comodoro Manuel Azueta -padre del héroe José Azueta, y el principal motor de la resistencia mexicana a la invasión-, los dos grupos se unieron y aquel ex-preso “se convirtió en el asistente del contralmirante (Azueta), habiendo sido uno de sus más fieles guardianes” (testimonio del maquinista naval Juan Sánchez Terán).

Palomares por su cuenta recuerda a Andrés Montes Cruz, obrero que murió en la resistencia civil. Y la historia de María Cancinos, prostituta “quien daba hospedaje a la media noche a un soldado yanqui, el que no volvía a aparecer, porque era asesinado, y otro día, antes del amanecer, furtivamente se le daba sepultura, no se sabía dónde”. Tras la desocupación María abandonó Veracruz.

Algunos rayados disparaban a los invasores desde las azoteas del Hospital Civil. Fueron cercados y los invasores entraron al hospital en su busca. El administrador del hospital, Dr. Manuel Valdés Díaz, para protegerlos “tuvo la luminosa idea de encamarlos en la sala de variolosos”. En represalia, los americanos amenazaron con bombardear este hospital y fusilar al doctor, pero la intervención del médico norteamericano Conhuer lo evitó.

Cuenta también como unos veracruzanos lograron desarmar a un rayado armado con un máusser, “torvo asesino” que con su marrazo asesinó “villanamente” todavía a varios transeúntes antes de ser capturado por los americanos. Y muchas anecdotas más, que el lector encontrará en las hojas de este libro.

“Terminada cinco años después de la invasión”, la novela fue publicada “por esfuerzos propios del autor” veintiún años después de haber sido escrita. El conocido historiador Juan Sánchez Azcona nos informa en el prólogo (de 1932) que Palomares fue “poeta-periodista”: “Ha visto muy de cerca muchos sucesos de perdurable recordación, y entre ellos aquella angustia sietemesina que afligió a México, desde abril hasta noviembre de 1914, cuando el pabellón de las barras y las estrellas ondeó insolente sobre los muros de la muchas veces heróica Veracruz”. Sánchez Azcona destaca, en la resistencia a la invasión, además de la Escuela Naval y la población civil veracruzana, a los españoles y a la Cruz Blanca Neutral “nacida en Ciudad Juárez entre los primeros fragores de la Revolución”, y la Cruz Roja española.

Una nota basada en un artículo del periódico Excélsior comenta la colocación de la primera piedra del monumento a los defensores del puerto, donde se encuentra aun, en la glorieta formada por las avenidas Veracruz, Cuernavaca y Acapulco de la hoy llamada colonia Condesa de la ciudad de México, en un acto organizado el 21 de abril de 1936, durante la presidencia de Lázaro Cárdenas. El proyecto del monumento fue iniciativa de la Sociedad de Defensores de la República, formada por veteranos y sus descendientes. En el acto participaron el secretario particular del presidente,  varios cuerpos de la Secretaría de guerra, militares y particulares. Se decía que el escultor Adolfo Ponzanelli diseñaría el monumento. La nota periodística recoge, de los varios discursos del acto, la rememoración del entonces teniente coronel de infantería Albino Rodríguez Cerrillo, “quien por tres veces detuvo a la marinería norteamericana de desembarco”.

Según consta de la nota del Excélsior respecto de la ceremonia de un año después, 1937, el monumento ya existía. En ese acto fueron conmemorados buen número de veracruzanos heroicos del 14. Una fotografía, en la p. 230, muestra la “Guardia en el monumento a los héroes de Veracruz. La madre del héroe Azueta se prepara a depositar frescas flores”.

De destacar entre los anexos que enriquecen el libro:

El general Juan Manuel Torrea aclara que José Azueta no era, en el momento del ataque, estudiante de la Escuela Naval, sino teniente de artillería de la batería fija del puerto. Por órdenes superiores, los cadetes de la Escuela Naval se retiraron, y José Azueta cubría su retirada cuando fue repetidamente baleado en sus extremidades. Torrea concluye que él fue el gran héroe de Veracruz 1914, comparable con el teniente de marina Holtzinger y el joven de quince años, subteniente Francisco A. Vélez (posteriormente general de división), que fueron los grandes héroes de la anterior invasión estadounidense de Veracruz, la de marzo 1847.

En el fragmento de sus memorias que aquí se reproducen, el capitán 1o de Infantería, Luis Escontría Salín menciona de Gustavo Mass: “obsuro general comandante de la plaza, y descalificado socialmente desde el asesinato que perpetró en la persona del ingeniero Olivares en Tacubaya”. Observa que cuando Mass dio la orden de evacuación de la plaza, el “teniente coronel Manuel Contreras (entonces de 60 años de edad), alma de la defensa, se rebeló contra tal disposición y, rápido y activo, corrió a los cuarteles militares para tomar el mando de las escasas fuerzas y encabezarlas en la lucha”.  Y describe dolorosamente la trágica situación del Hospital Militar que debía ser evacuado y seguía recibiendo a los heridos, entre ellos el propio Escontría y el teniente de infantería Benjamín Gutiérrez Ruiz. Este último, destrozada la articulación de su pie en los primeros enfrentamientos, había huido del hospital para continuar la defensa; recibió nuevos balazos que terminaron por quitarle la vida, el 20 de mayo.

El libro incluye además “La política de Wilson en México”, capítulo de las memorias de Josephus Daniels, secretario de Marina estadounidense cuando la invasión y más tarde apreciado embajador de los EUA en México;  y un poema de Salvador Díaz Mirón, “Veracruz, Madre Mía!”, originalmente publicado en el diario El Imparcial, el 24 de abril de 1914.