ManuscritoArchivo General de la Nación
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"Comunicaciones de cárceles: don Guillén Lombardo de Guzmán, alias Azucena",
AGN, ramo Inquisición vol. 1496, ff. 98f-117f

, Guillén de Lampart

Guillén de Lampart estuvo preso en la cárceles de la Inquisición a partir del 26 de octubre de 1642. A mediados de ese año esa institución había realizado la gran captura de criptojudíos -- de conversos católicos en su gran mayoría provenientes de Portugal, acusados de “judaizar”--. Hasta el auto de fe de 1649 donde muchos de ellos perecieron, Lampart tuvo en la cárcel abundante trato con ellos.

Los criptojudíos debían solicitar audiencia “de su voluntad” apenas llegaban a la prisión, y ofrecer sus servicios como delatores de todas las conversaciones que escuchasen. Como dijo uno de ellos,  “que de hacerlo así dará motivo a que se use con él de toda misericordia”. Muchos y abundantes informes así originados se guardan en los papeles de la Inquisición. Este sistema permitió ampliar la redada y desde luego poner a los presos unos contra otros, pues debían convivir con quien los delató a sí mismos y a sus familiares, y con quienes seguían delatando cada palabra que dijeran.

Además de las delaciones de otros judaizantes, el tema especial de los interrogatorios de la Inquisición era Lampart, llamado en estos papeles “don Guillén Lombardo de Guzmán alias Azucena”. ¡Y vaya que dio de qué hablar! A través de las delaciones que ahora publicamos -unas de muchas-, y que cubren los años 1642-1647,  lo vemos buscar la conversación de hombres y mujeres, ofrecerse como correo de recados (“recaudos”) entre los presos que no podían verse e, improbablemente, entre presos y gente en libertad. Intentó persuadirlos de protegerse unos a otros no delatando a quienes habían participado en rituales judíos, en particular los ayunos. Eso era muy difícil, pues ya las abundantes confesiones los habían hundido a todos, y la pena de quien fuese descubierto intentando ocultar datos sería mucho mayor. Era tarde para una acción concertada.

Estableció un método -enumerando la posición en el alfabeto de cada letra- para comunicarse entre celdas; organizó vigías para alertar cuando llegaba el alcaide; puso a cada uno un apodo para intentar confundir las delaciones. Todo ello le daba entretenimiento en las largas horas de prisión. En las comunicaciones de cárceles, a pesar de ser fruto de la delación y con todo y el infortunio que compartían los presos, se descubre calor humano, diversión, ocasionales choques de personalidades, intentos de romances. Entre todo ello, se pinta bien el estilo peculiar: arriesgado, furioso, fanfarrón, irónico, en ocasiones alegre y amable, del personaje, sus defectos y cualidades. He aquí una selección de trozos de conversaciones llenas de humor y de sutileza, que dieron lugar en particular a la elección de apodos:

(...) Otro día por la mañana oyó esta confesante (doña Isabel de Silva, 21 años, mujer de Antonio Caraballo) hablar a dicha Micaela con un hombre y preguntarle por qué estaba preso, y él la respondió que por astrólogo y que se llamaba don Antonio de Castro y que era de en casa del Duque, a que respondió la dicha Micaela que habían preso un criado del duque que si era él, a que el preso respondió que ella no podía saber de su prisión y que aquella semana salía libre porque ya su causa estaba conclusa, porque ayer le habían enviado medias y zapatos para el efecto; y preguntó a la dicha Micaela cómo se llamaba y dónde vivía, y la dicha Micaela respondió llamarse Micaela, y que vivía en el portal de Santo Domingo más arriba de la botica. A que el dicho don Antonio dijo, pues te llamarás Boticaria y a mí el Astrólogo, que aunque yo he de estar aquí muy poco nos entenderemos por estos nombres, a que consintió la dicha Micaela diciéndole, que pues en tan breve había de salir, no la olvidara y que preguntara por ella. (...) Y todo fue movida de mil disparates y requiebros que le había dicho el dicho don Antonio (...) Y (después) la preguntó esta confesante (a Micaela) quién era con quien hablaba y le respondió con unos amores que se había hallado sin pensar, que era don Antonio de Castro.

(...) y la noche siguiente por medio de Micaela envió a llamar a esta confesante diciendo que la había conocido por señas que llevaba un vestido azul y una toca de puntas, y que aunque no debía tener lástima a esta confesante se la había causado porque era de caballeros el tener compasión de las mujeres, y que le besaba la suela de su chapín (...) (Él le preguntó si ella lo conocía:) la obligó a decirle que le conocía porque le había visto afeitar por la rendija de su puerta.

(...) Preguntando a esta confesante que si había tenido narciso (porque se escusaba de hablarle), a que le respondió que se le había convertido en lirio, lo cual oyendo el dicho don Guillén dijo a esta confesante se había de llamar Lirio y él Azucena por ser a imitación del lirio.

Así fue dándose a conocer don Guillén, primero como Antonio de Castro, luego Azucena, luego don Guillén para todos:
(...) y que el dicho don Guillén ya descubierto y conocido por todos por Don Guillén prosiguió en sus comunicaciones con la dicha Gorda y trabó tal amistad con Bergamota, la Rafa, Anarda y la Rubia y el Platero, que de día y de noche estaban hablando algunas cosas de mucho fundamento.

He aquí una lista tentativa de los apodos, con la identificación de varios, entre los que figuran grandes comerciantes y financieros, y sus familias:

Don Antonio de Castro, el Astrólogo, Azucena (Guillén de Lampart)
Bergamota (don Tomás Núñez de Peralta, marido de doña Rafaela Enríquez)
La Gorda “por otro nombre la Pecadora” (doña Juana Enríquez, hermana de Micaela Enríquez)
Plato, El Platero (don Antonio Caraballo, marido de doña Isabel de Silva)
La Platera o Lirio (doña Isabel de Silva)
Tabaco (Don Nuño)
La Boticaria (Micaela)
La Rafa o Gitana (¿Rafaela Enríquez?)
Amarilis (María del Bosque)
La Peña (Isabel)
El Burro Grande (Simón Báez)
Antandra (doña Antonia de Turcios)
Cuchara (el alcaide)
Mortero (Duarte, primo de Bergamota)
Agua (Jorge Jacinto: lo trajeron “a la compañía de su suegra la Rafa o Gitana en una tarde muy tenebrosa y de lluvia... y el dicho Azucena dándole el parabien le dijo que, pues le habían traido en un día tan lluvioso, se llamase Agua”)
Alverjón (La Tristana, doña Isabel)
Paloma Chica (doña Blanca Xuárez)
Escudilla (niña que cantaba, sobrina de Isabel de Silva)
Balonas (ayunos o días)
En el pasaje que publicamos, los no identificados aun son Anarda, La Rubia, La Enferma, Alberto, El Tuerto, Gonzalo, Guebo, Malinzi, Jazmín, Maravilla y “Pancha, por otro nombre Celia”.

No todo fue cordialidad. Éste es un ejemplo de encontronazo, cuando don Guillén comentó a doña Isabel de Silva que, como portuguesa, debía estar acusada de judía:

(...) a que respondió esta confesante colérica que si los portugueses tenían información hecha de judíos, que los extranjeros la tenían probada de herejes y de putos y que no se despreciaba esta confesante de ser portuguesa porque las patrias no tenían culpa de los trabajos que sucedían a sus hijos, con que el dicho Don Guillén dejó de hablar con esta confesante.

Bergamota quería enviar un recaudo a la Gorda por medio de Azucena. Éste (Lampart) le dijo que podían hablar sin miedo,

(...) porque nadie los podía oir, y que tenía quien le avisara cuando salía Cuchara. A que replicó la Rubia que no se llamaba Cuchara sino Pilatos. Y el dicho Azucena que no, sino Cuchara, porque él le tenía retratado con el bordón y llaves en una mano y en la otra una escudilla de chocolate, y un letrero que decía: `bebe cuchara´.

Bergamota le dijo entonces a Azucena que tuviese cuidado con el alcaide, a lo que le contestó:

(...) bien parece que no me conoces. Ayer entró el alcaide y se paró, y como se vio retratado llegó y leyó el letrero y se quedó confuso. Que él me teme, porque no ha muchos días que con el bordón que traía le había de romper la cabeza si no me lo quitan.
Y que si mataba al alcaide, muerto quedaría porque él no lo resucitaría.

Con la Rafa, Azucena hizo buenas migas. Él le preguntó quién era “el Criollo”:
(...)Y ella le dijo que el Gordo, que por no nombrarle le llamaba así al señor inquisidor don Francisco. Y al señor inquisidor Argo: el Mayor, el Caduco. Y atajándola el dicho don Guillén la dijo que él los tenía mejor apodados, de esta suerte: al señor Argos: el Aposentador de la Modorra, al señor don Francisco: el Barrigón, al señor don Juan: Antojuelos, al señor fiscal: Cupidillo, al secretario Erénchun: Narices de Vinagre, y al secretario Sarabia: Gorrita, a Pedro Jiménez: Cuchara y por otro nombre Madrigal con la Bota a Cuestas, a Juan de Santoyo: La Vieja, a Alonso: Tompiate, a Cebrián: Escupido, lo cual celebró mucho la dicha Rafa, y el dicho Azucena la dijo que era una reina y la besaba los talones.
“Bien deshonestamente” don Guillén pidió que la niña Escudilla cantase en un tono diferente (“y que si no lo quería cantar que los diablos la llevasen”); su amigo Bergamota, tío de la niña, lo increpó, a lo que Guillén replicó:
(...) ¡Dígalo, voto a Cristo! Y a gritos dijo: Sepan todos de popa a proa cómo hay celos. No ves Bergamota que cuantas razones se dicen aquí son para pasar el tiempo.
Entonces Bergamota aceptó dar el recado a la niña,
(...) la cual respondió que de muy buena gana cantaría, porque estaba aficionada de Azucena a quien había visto abajo pasar con un vestido negro aforrado en morado. Con que el dicho Azucena empezó a decirla mil disparates de requiebros y la dicha Escudilla cantó con aprobación de todos. Y el dicho Azucena la dijo la había de servir de escudero en saliendo, y darla grandes maestros de música.
Finalmente:
(...) Y que también se acuerda que el dicho Azucena dijo a Bergamota estas razones: Amigo hoy han estado todos los diablos juntos; y el dicho Bergamota le decía que qué decía, que se declarara más. Y el dicho Azucena respondió: si no entiendes por los Diablos, hoy han estado los Gavilanes con Alverjón (que es la Tristana) dándole la acusación, y que les tenía puesto Gavilanes porque eran aves de rapiña y ellos no atendían más que a quitar las haciendas.