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"Cristiano desagravio y retractaciones de don Guillén Lombardo", Archivo General de la Nación, Ramo Inquisición, vol. 1497, exp. 1, ff. 276

Del Cristiano Desagravio sólo se ha publicado, por Gabriel Méndez Plancarte, su poema inicial, Alcides magno…  (f. 277f y v). Esta es la primera edición, completa, de sus 73 páginas.

La transcripción y notas se deben a Gonzalo Lizardo, de la Universidad Autónoma de Zacatecas. La autorización y las imágenes del documento original se deben desde luego a la generosidad del Archivo General de la Nación.

La vida de Guillén de Lampart atrae el interés por sus méritos propios; pero su obra es importante y apenas se está conociendo. Además de las centenares de páginas que dejó en su defensa, muchas de ellas de su propio puño y letra; las demás presentadas en paráfrasis por los propios inquisidores; además de los documentos de su vida en libertad que llegaron hasta nosotros (Colección Conway del Tecnológico de Monterrey), además de escritos misceláneos, poemas de ocasión y otros documentos -llenos de interés y de sorpresas todos ellos-, existen al menos dos obras formadas que logró completar Lampart en su larga prisión: los 900 salmos y diecisiete himnos en latín reunidos bajo el nombre de Regio Salterio, y el Cristiano desagravio, escrito en español.

Lizardo declara que, “según mis datos, lo empezó a escribir el 30 de diciembre de 1650 (poco después de su recaptura) y lo entregó firmado el 6 de febrero de 1651.” (comunicación personal, 24-4-15) Se refiere a la breve fuga de Lampart, el 24 de diciembre de 1650.

Obra consumada de tan sutil como devastadora sátira a sus verdugos los inquisidores novohispanos, esta obra mereció esta descripción de Rodrigo Ruiz de Zepeda, narrador para la Inquisición del Auto de Fe donde pereció Lampart, en 1659: “y presentó un escrito de treinta y ocho fojas, con título de Cristiano desagravio, y retractaciones; que más propiamente fueron reafirmaciones” (Auto de fe, p. 124).

De gran vuelo literario, el Cristiano desagravio contiene un poema notable de Lampart, que podría acaso adoptar el nombre de su primer verso, Alcides magno, y del Olimpo puro (está dedicado “al ilustrísimo señor inquisidor general y consejo supremo de la santa y general inquisición de España”). Poema mitológico, en él Lampart se presenta a sí mismo como un gigante o cíclope, uno de los hijos de Júpiter y la ninfa Iberna; y recorre su vida como una sucesión de episodios mitológicos, perseguido por “el alto Jove” y Polifemo. Su primer editor, Gabriel Méndez Plancarte, escribe sobre este poema: “tiene don Guillén, sobre todo en los finales de las octavas, versos rotundos de inconfundible sabor y esplendor gongorinos”.

Al final, honrando, por obligación del género literario peticionario, a esa inquisición con autorización de la cual había perdido su libertad y perdería su vida, logra sin embargo líneas de gráfica y elegante despedida:

Su vuelo eterno a la mayor altura
(oh, Sacro Solio) ya tu luz levanta
y tanto alumbra aquesta antorcha pura,
que ya la misma claridad se espanta,
cegándose la bella cinosura
con esta llama celestial y santa,
pues Atropos no puede con su brío
eternamente ni apagarla Clío.
Lampart dedica buen número de las páginas de la obra a narrar su propia vida, una forma desde luego de sostener su propia causa, pues esta obra fue escrita como autodefensa del preso que era Guillén de Lampart, o Lombardo, como se llamó a sí mismo en el “orbe hispánico”.

Al final, en el Epílogo para todos don Guillén declara: “A los entendidos y los sapientes pido disculpen los defectos de mis escritos, pues son todos de memoria y sin haber visto ningún libro desde los dieciséis años de mi edad, que yo troqué en armas y estado político las ciencias”. Y da la lista completa de los maestros que tuvo en su vida de estudiante, hasta esa temprana edad; es una lista conocida pues la repitió muchas veces en su juicio, y muy notable, por la amplitud de su educación, conforme a los cánones de los estudios humanistas de su época, y porque reunió un grupo de grandes maestros, entre los que destacan sobre todo Eusebio Nieremberg, “en la filosofía oculta y natural”, el “insigne don Juan de Espina” “en la magia natural y filotepia” y el “Doctor Roales en la Astrología y Matemáticas”.

Invitamos al lector a leer como obra literaria el Cristiano desagravio, que tiene, dentro de una narrativa retórica bien trazada, páginas de sublime poesía en prosa de pasión mística, como ésta:
¡Ah, Señor!, cuán distraído iba. Murmuré de los que exceden en oficio a los ángeles, porque dice San Agustín que al sacerdote todas las criaturas son inferiores, y no conoce otro más superior a él que su Creador; deslustré del transparente cristal lo macizo con opaco objeto; manché del espejo el claro lunar que al mismo sol le reverbera; profané el cristalino cielo, que no consiente, por intacto, labe; eclipsé la antorcha de este mundo, vos estis lux mundi (1), y encubrí sus rayos con deliquios tenebrosos, hasta casi extinguirlos todos; hice como Nembroth, proterva fábrica para escalar al cielo; enterré en mi garganta el candor ejemplo de censuras, del sacerdote puse arancel en el tráfago popular con nota, tiré arpones afilados a su pecho, vibré saetas venenosas a su vida, borré la nieve entre copos esparcida, pisé las flores y su fragancia con desprecio indigno, marchité aquel frondoso abril que deleitaba, con mis susurros abracé las crestas y la pompa de las selvas, inficioné la medicina, sembré cizaña entre fructíferas espigas, arrasé con flegras [sic] esas mieses que dan sustento a los mortales, talé los campos y fecundas vegas, roí como gusano las raíces y repostré [sic] las frutas, entumecí los cierzos y despojé los prados, desaté relámpagos con furia a desquiciar los polos, arrebocé en sombras el farol micante, afrenté con nubes los albores, fajé entre crepúsculos las luces, hice abortos las estrellas, guié por otra eclíptica contraria su carrera, trabuqué voluble el movimiento y natural por otro devío [sic] y contrapuesto, cegué los manantiales que refrigeran los caminantes con la sed exhaustos, destemplé la simetría, quité triunfos de los victoriosos, sepulté en urnadas del olvido la vividora fama, vomité langostas que talaron el aliento, robé del dueño su nobleza (…) (f. 310f)
Podemos tener al alcance de nuestros ojos, completa, bien legible, esta obra publicada por primera vez, gracias al trabajo ejemplar de Gonzalo Lizardo. Su transcripción parece perfecta. Tarea difícil de partida, pues abundan las citas latinas, de latín en letras griegas también, de griego verdadero, y siempre un español barroco, de sintaxis apasionada y de rebuscamiento filosófico y satírico.  Sobre todo, el texto que presenta Lizardo honra la obra original pues restituye un texto fluido y con buena sintaxis, legible y de limpia tipografía, contra la tendencia a cargar el texto con una profusión de notas con formalidades y dudas. Hay que agradecerle además su erudita anotación del texto, que se limita a la identificación de las citas latinas, griegas y bíblicas.

A Miguel Bustamante de Conaculta se debe la alta calidad de la composición y de la edición digital y el cuidado por los detalles de este Cristiano Desagravio. Es un placer leer página por página la transcripción, cotejando su imagen facsimilar.

Hay ya muchos documentos de Lampart en esta BDMx. Para ir reconstruyendo la historia de Lampart, hay que visitar cada documento y leer su introducción.

Bibliografía

Rodrigo Ruiz de Zepeda Martínez, Auto general de la fe, 19 de noviembre 1659. Imprenta del Santo Oficio, por la viuda de Bernardo Calderón en la calle de San Agustín, México, licencia del 20 de diciembre de 1659

LA IMAGEN DEL DOCUMENTO INCLUYE SU TRANSCRIPCIÓN.

(1) Vosotros sois las luz del mundo (Mateo 5, 14).